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DOS MIL DOCE Y SIGUIENTES: NUEVA ERA

Paul Kennedy, hombre sabio de apellido rico y gafado, escribe que un parteaguas es una línea divisoria de aguas, un límite entre dos zonas en las que las aguas caen en direcciones opuestas, pero la palabra puede emplearse también para describir un fenómeno histórico y político: un hito, un momento trascendental, el instante en el que las actividades y circunstancias humanas atraviesan la línea divisoria que separa una época de la siguiente. Mientras ocurre, son muy pocos los contemporáneos que se dan cuenta de que han entrado en una nueva era, a no ser, claro está, que el mundo esté saliendo de una guerra cataclísmica, como las de Napoleón o la II Guerra Mundial. Mucho mas difícil de distinguir si lo que se produce es la lenta acumulación de fuerzas transformadoras, en su mayor parte invisibles, casi siempre impredecibles, que, tarde o temprano, acaban convirtiendo una época en otra distinta. Nadie que viviera en 1480 podía reconocer el mundo de 1530, 50 años después; un mundo de naciones-estado, la ruptura de la cristiandad, la expansión europea hacia Asia y las Américas, la revolución de Gutenberg en las comunicaciones. Tal vez fue la mayor línea divisoria histórica de todos los tiempos, al menos en Occidente. ¿Y qué ocurre hoy? Muchos periodistas y expertos en tecnología destacan con entusiasmo la actual revolución en las telecomunicaciones -teléfonos móviles, iPad y otros artilugios- y sus consecuencias para los Estados y los pueblos, para las autoridades tradicionales y los nuevos movimientos de liberación. De ello hay pruebas evidentes, por ejemplo, en todo Oriente Próximo e incluso en los movimientos 15-M o Occupy Wall Street, aunque habría que preguntarse si alguno de los profetas de las altas tecnologías que proclaman la nueva era en la política internacional se ha molestado jamás en estudiar las repercusiones de la imprenta de Gutenberg o las charlas radiofónicas de Roosevelt que oían decenas de millones de estadounidenses en los inquietantes años treinta y primeros cuarenta del siglo pasado.

Los indicadores de cambio que señalan que estamos acercándonos -o tal vez incluso las hayamos cruzado- a ciertas líneas divisorias históricas en el duro mundo de la economía y la política. El primer indicador es la erosión constante del dólar estadounidense como divisa única o dominante de reserva en el mundo. Quedaron atrás los tiempos en los que el 85% o más de las reservas de divisas internacionales consistían en billetes verdes; las estadísticas fluctúan enormemente, pero la cifra actual se aproxima más al 60%. Pese a los problemas económicos de Europa e incluso China, ya no resulta fantasioso imaginar un mundo en el que haya tres grandes divisas de reserva -el dólar, el euro y el yuan-. La segunda transformación es la parálisis del proyecto europeo, es decir, el sueño de Jean Monnet y Robert Schuman de que las heterogéneas naciones-Estado de Europa se unieran en un firme proceso de integración comercial y fiscal, primero, y luego mediante una serie de compromisos serios e irreversibles de trabajar para un continente políticamente unido. En otras palabras, los europeos no tienen ni el tiempo, ni la energía, ni los recursos para dedicarse a nada que no sean sus propios problemas. Eso significa que existen muy pocos observadores en el continente que hayan estudiado la que podría ser la tercera gran transformación de nuestros días: la enorme carrera de armamentos que está desarrollándose en la mayor parte del este y el sur de Asia. Mientras los Ejércitos europeos están convirtiéndose en una especie de gendarmerías locales, los gobiernos asiáticos están construyendo armadas para navegar en aguas profundas y nuevas bases militares, adquiriendo aviones cada vez más avanzados y probando misiles de alcance cada vez mayor. Asia se dispone a dar un paso al frente en el escenario, mientras que Europa se convierte en un coro distante. ¿No será este fenómeno, para los historiadores futuros, otra línea divisoria de inmensa importancia en los asuntos internacionales? El cuarto cambio es, por desgracia, la lenta, firme y creciente decrepitud de Naciones Unidas, en especial de su órgano más importante, el Consejo de Seguridad. La Carta de la ONU se redactó con sumo cuidado para ayudar a que la familia de las naciones disfrutara de paz y prosperidad después de los terribles males del periodo 1937-1945. Pero la Carta era un riesgo calculado: al reconocer que las grandes potencias de 1945 tenían derecho a que se les concediera un papel desproporcionado (como el veto y el sitio permanente en el Consejo), los redactores, sin embargo, confiaban en que los cinco Gobiernos supieran trabajar juntos para hacer realidad los altos ideales de la institución mundial. La guerra fría echó por tierra esas esperanzas, y la caída de la URSS las revivió, pero ahora están volviendo a desaparecer por el cínico abuso del poder de veto. Hemos visto la disminución del peso del dólar, la desintegración de los sueños europeos, la carrera armamentística en Asia y la parálisis del Consejo de Seguridad de la ONU cada vez que se amenaza con un veto; ¿acaso no indican todas estas cosas que estamos entrando en terreno desconocido, en un mundo agitado ? Es como si estuviéramos de nuevo en 1500, saliendo de la Edad Media hacia el mundo moderno, cuando las multitudes se maravillaban ante cualquier arco nuevo, más grande y más poderoso, solo que ahora ya no es una magnifica arquitectura lo que nos maravilla, sino un nuevo dispositivo movíl de Apple o Google.

NOSOTROS SOMOS UNA PARTE DE LA TIERRA

El estado de Washington, al noroeste de Estados Unidos, fue patria de los Duwamish, un pueblo que -como todos los indios- se consideraba una parte de la naturaleza, la respetaba y la veneraba, y desde generaciones vivia con ella en armonia.

En el año de 1855 el decimocuarto Presidente de los Estados Unidos, el demócrata Franklin Pierce, les propuso a los Duwamish que vendiesen sus tierras a los colonos blancos y que ellos se fuesen a una reserva. Los indios no entendieron esto. ¿Como se podia comprar y vender la tierra? A su parecer el hombre no puede poseerla, asi como, tampoco puede ser dueño del cielo, del frescor del aire, del brillo del agua. El jefe Seattle, el Gran Jefe de los Duwamish, dio la respuesta, a petición del Gran Jefe de los blancos, con un discurso cuya sabiduria, critica y prudente esperanza, incluso hoy, casi 160 años después, nos asombra y admira.

Os dejo algunas de sus palabras:

"El Gran Jefe de Washinton nos envió un mensaje diciendo que deseaba comprar nuestra tierra. El Gran Jefe también nos envió palabras de amistad y de buena voluntad. Es una señal amistosa por su parte, pues sabemos que no necesita nuestra amistad."

"Mis palabras son como estrellas, nunca se extinguen. Cada parte de esta tierra es sagrada para mi pueblo, cada brillante aguja de abeto, cada playa de arena, cada niebla en el oscuro bosque ... El agua cristalina que brilla en los arroyos y rios, no solo es agua, sino sangre de nuestros antepasados. Si os vendemos nuestra tierra, habéis de saber que es sagrada, y que vuestros hijos aprendan que es sagrada ... Los rios son nuestros hermanos, apagan nuestra sed. Los rios llevan nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos."

"Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestra forma de pensar. Para el, una parte de la tierra es igual a otra ... no hay silencio alguno en las ciudades de los blancos, no hay ningún lugar donde se pueda oir crecer las hojas en primavera ... el hombre blanco parece no considerar el aire que respira; a semejanza de un hombre que está muerto desde hace varios dias y está embotado contra el hedor. Pero si os vendemos nuestra tierra no olvidéis que tenemos el aire en gran valor; que el aire comparte su espiritu con la vida entera. El viento dio a nuestros padres el primer aliento, y recibe el último hálito. El viento también insuflará a nuestros hijos la vida ... contadles que la tierra contiene las almas de nuestros antepasados. Enseñad a vuestros hijos lo que nosotros enseñamos a los nuestros: que la tierra es nuestra madre... Consideraremos vuestra oferta. Sabemos que si no os la vendemos vendrá el hombre blanco y se apoderará de nuestra tierra. El hombre blanco que va en pos de la posesión del poder, ya se cree que es Dios, al que pertenece la tierra. ¿Como puede un hombre apoderarse de su madre? ... "